La muerte de José


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Las vecinas estaban decididas. Luisa y Angélica, la primera morena delgada dirigía la conversación. Angélica, blanca y más joven intervenía menos. Había muerto José, un vecino de la cuadra. Estaba en la morgue y bajo la amenaza de ser enviado a la fosa común.

José no tenía familiares, nunca se supo de ellos. Tampoco él habló nada. No era justo que tuviera un final de perros, había que darle cristiana sepultura y para eso estamos sus vecinos y compañeros de trabajo. José era cartonero y ganaba su vida buscando fierro o algo que sirviera en los botaderos o en las calles para venderlo al kilo. Habitualmente le gustaba el tinto, compañero ideal para espantar las soledades, las depresiones y además, compañero ideal para no dejar escapar los trozos de alegría que le daba el Colo Colo cuando ganaba.

Ellas tenían razón. Había que darle una sepultura digna a José. Me impactó la determinación de las vecinas para lograr que José sea acompañado por sus amigos hasta el campo santo. Había mucho que hacer, diversos trámites notariales, responsabilizarnos ante el Instituto médico legal, la organización del velatorio y sepultura de José, y obtener finalmente la autorización para retirar el cuerpo. El municipio facilitó el servicio funerario.

Era el mes de septiembre ,poco antes de Fiestas Patrias. En medio de muchas actividades y compromisos, recibí un llamado telefónico de Carmen, José había llegado a su casa, en la Villa Presidentes de Chile.

Tarde en la noche llegué a acompañarlo. Una entrada al patio lleno de oscuridad me recibió. En bancas instaladas al exterior de la casa estaban sus amigos cartoneros. Todos eran hombres, salvo Carmen y Angélica.

Al ingresar al patio sentí un leve olor a vino. Algunas garrafas destapadas ocupaban el centro del patio. El ambiente era calmo y sereno. Alguna lágrima brotaba de los ojos de algunos amigos de José mientras consumían un vaso de vino tinto.

José estaba en el interior. Sólo un ramo de flores sobre el ataúd. No había ninguna imagen religiosa, pues el ataúd estaba cubierta por una gran bandera de su equipo favorito. La pieza era pequeña, con piso de tierra. Ingreso a ella sólo, y observo el rostro de José, rubio, tez blanca. Dormía.

Minutos más tarde, varios de sus amigos ingresan abruptamente a la pieza de madera. No rezaron, simplemente hablaban a viva voz a José “ ¡Aquí estamos tus amigos po’ loco! ¡Aquí no dejamos botao a ninguno, compadre! ¡Salud por el José! ” Inmediatamente después surgió el himno del Colo Colo desde las gargantas de los amigos verdaderos de José. Rato más tarde, me retiré tranquilo, pues sentía que en verdad estábamos cumpliendo con el compromiso que nos habíamos hecho: brindar una sepultura digna al amigo José.

Esa misma noche se realizó una colecta solidaria en la población. Ésta colecta es por cierto, un acto de apoyo a los vecinos afligidos, pero es también una tradición. Es una suerte de obligación cultivada en el respeto hacia la muerte y por la certeza de que los más humildes sólo cuentan con ellos mismos para apoyarse en el dolor.

El día siguiente era la víspera de Fiestas Patrias. Las industrias y las instituciones trabajaban generalmente hasta medio día. Un buen asado entre compañeros de trabajo da el inicio a estas celebraciones.

Le pedí a Mario Vera, un amigo y en aquel entonces funcionario municipal, que me acompañara al funeral. Él había recibido su aguinaldo, dejó de lado la fiesta y el asado que se anunciaba en su trabajo y juntos partimos hacia la Villa Presidentes de Chile. Habíamos conseguido el minibús del municipio que nos sería muy útil para el traslado de los vecinos hasta el Cementerio de Maipú. Apenas habíamos llegado a la casa de José que ya debimos partir al Cementerio. Los amigos de José estaban trasnochados, cansados y uno que otro un poco pasadito de copas. El bus, pequeño, se colmó de gente rápidamente. Algunas flores ya secas fueron retiradas. La bandera alba tampoco estaba ausente. El cortejo era simple y sencillo. Seguramente no estaba destinado a provocar ningún desorden en las calles que ya sentían el aumento del flujo vehicular producto de la corta jornada laboral. No podía ser diferente, el carro mortuorio era seguido por el auto que la empresa funeraria pone al servicio de los deudos directos que en esta ocasión estaban representados por las valerosas mujeres que hicieron posible que José no tuviera la fosa común como destino final. Luego mi auto, y finalmente el bullicioso y repleto minibús municipal. En total no más de 30 personas.

“No hay ningún José en la lista de difuntos para el día de hoy” nos señala categórico el funcionario de la administración del cementerio. Alarmado, pregunto a Carmen que ocurría pues el día anterior se me había dicho que estos trámites estaban realizados y que la colecta serviría para cancelar la sepultura por un período de tres años. “Lo que pasa don Arturo es que la plata que nos llegó no alcanzó.” No podía creer lo que escuchaba. Menos aún cuando el funcionario al vernos desesperados, nos sugirió que podríamos dejar el ataúd en la bodega del cementerio mientras se reunía el dinero. En septiembre las noches son heladas, pero los días son calurosos y en aquel año, las fiestas patrias coincidían con un fin de semana, lo que sumaba 4 días de feriado.

“Nunca falta Dios” es lo que decimos cuando inesperadamente resolvemos algún problema. En esa ocasión Dios se presentaba a través de mi buen amigo Mario, quién debería despedirse de su aguinaldo dieciochero. Miré a Mario, el no movió ningún músculo. Yo sabía, y él también, que podíamos contar con su aguinaldo. Así con algo de dinero que yo tenía, otro poco que quedaba de la colecta y sobre todo con el aguinaldo de Mario, pudimos cancelar la sepultura de José. Por fin podíamos continuar el cortejo. Había pasado más de una hora de nuestra llegada al campo santo. Me imaginé que José estaría alarmado de ver que otros difuntos, que llegaban más tarde, seguían su camino hasta su casa final mientras él esperaba y esperaba…

Así fue, entre vítores del Colo Colo, una oración y las paladas de los sepultureros, pudimos, empolvados, transpirados, pero tranquilos, cumplir con el objetivo que Carmen y Angélica se habían trazado. Nunca terminaré de reconocer que las mujeres entregan la vida y la sal en la convivencia vecinal. Si no hubiésemos contado con Carmen y Angélica, seguramente José hubiese tenido como último destino la fosa común o alguna clase de anatomía de cualquier escuela de medicina.


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    "«En mi comuna» recoge algunas experiencias de vida cotidiana que he conocido en mi condición de Concejal de nuestra comuna de Cerrillos."
    Arturo Aguirre Gacitúa
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