Días de tristeza


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Recuerdame (?)



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Nuevamente nos aprontábamos para iniciar una campaña municipal, pareciera que mientras más pequeña es la comuna, mayor es la intensidad, la emoción y la multiplicidad de experiencias pero sobre todo, mayor es el estrechamiento personal, la relación de afectos, no se conoce a los electores solamente, más bien se busca el apoyo del vecino que tiene un nombre, un apellido, una historia, un mundo propio.

Digo todo esto pues tengo en la memoria el rostro de Pedro Soto y de Flor su esposa, él un huaso alto, fuerte, de apenas 27 años, ella también es alta y maciza, ambos con sus rostros blancos y sus ademanes amables y casi tímidos habían llegado hace poco a Cerrillos. Ellos venían del sur, de la ciudad de Los Ángeles, emigraron a Santiago en busca de un mejor destino y también huyendo un poco de los líos familiares que rodearon su relación de pareja.

Arrendaban unas piezas en el sector de El Mirador, unos vecinos nos presentaron y rápidamente se estableció una buena relación, es cierto que estábamos en campaña municipal y llenos de cosas para hacer y organizar. Por esto tal vez, y así lo recuerdo, nos vimos solo una vez en esa época, fue para el cumpleaños de Pedro, al cual naturalmente llegué tarde, pero eso no impidió que los abrazos y la amistad estuviesen bailando junto a las guarachas, rancheras y cumbias. Era ya cerca de las Fiestas Patrias, a pesar del viento helado estábamos cómodos en el patio lleno de olor a carne asada.

Pasaron muchos meses sin saber nada de ellos ni de sus vidas, solo supe que habían dejado las piezas que arrendaban.

Fue en el mes de febrero que recibí un llamado de Flor , me decía que Pedro estaba un poco enfermo y que quería verme, me cuenta que había sido operado recientemente pero ella no tenía claro el problema médico. Contento al saber de ellos y preocupado por las noticias fui a verlos a su nuevo departamento ubicado cerca de la calle Ongolmo, ahí estaban, un par de piezas, una pequeña cocina y, un más pequeño baño y sus dos hermosas hijas de 9 y 7 años.

Nos abrazamos con alegría al vernos, recuerdo su mirada de preocupación, no sabía que ocurría al interior de su cuerpo, Pedro estaba flaco y demacrado, pero aún predominaba su aspecto fuerte de hombre trabajado en el campo, un poco doblado, con las vendas aún frescas que cubrían su estómago.

Me muestran los exámenes médicos el diagnóstico señalaba la presencia de metástasis en el hígado. Es decir un cáncer se había instalado en su cuerpo para no dejarlo más, diagnóstico tan claro como la inocencia de Pedro para entender lo que pasaba.

Todo esto llegaba cuando recién las cosas habían comenzado a mejorar, apenas un poco tiempo atrás había encontrado trabajo en una construcción y estaba feliz de sus piezas nuevas. En ese momento alguien tocó la puerta, escuche la conversación de Flor con la visitante, era la propietaria del departamento, el arriendo estaba impago desde hacía dos meses también se debía la luz, la plata estaba faltando.

El grupo de amigos y compañeros que me acompañan en mi gestión de Concejal, contábamos en aquellos días con una casa ubicada en calle Las Dalias y que nos era facilitada por un amigo para organizar nuestras reuniones y actividades, también contaba con un departamento separado que rápidamente ofrecimos a Pedro y Flor, allí no pagarían arriendo ni tendrían gasto alguno, para la alimentación ya veríamos en el camino, fue un alivio para ellos y por ello días mas tarde en mi camioneta trasladamos sus cosas hasta su nuevo hogar.

Mis amigos Patricio y Paola se envolvieron en cuerpo y alma, tomando de la mano a esta familia afligida para fortalecerla, quererla y dignificarla. Sin ellos nada hubiera sido igual ni posible, aunque todo lo que vivimos solo podemos recordarlo con un profundo estremecimiento, la cabeza se nos nubla de tanto dolor, de tanta impotencia.

Flor nos sorprendía con su forma de amar a Pedro, en todo momento atenta atendiéndolo, protegiéndolo, cuidándolo con devoción y amor.

Poco a poco Pedro intuía del destino al que le conducía su enfermedad, Pedro no quería morir “No es justo don Arturo me decía, yo no puedo morirme, no debo morirme, si apenas tengo 28 años, tengo dos hijas, mi Diosito no me puede hacer esto, es cierto que años atrás me boté al trago pero no es razón para que me pase esto”. Sólo balbuceamos malamente nuestro cariño y decisión de estar con él y su familia cualquiera fuese lo que pasara a futuro.

¿Qué podemos decir hoy? Si cada día era un trozo de su vida que se desplomaba por ese cáncer dispuesto a voltearlo. Pedro sólido como un roble, sin fallas físicas, veía instalado en la mitad de su cuerpo la sinrazón de su futuro de muerte.

Podemos recordar aquellas veces que lo condujimos al hospital inundado de sangre provocada por las hemorragias o tal vez recordamos cuando intentábamos conseguir la morfina que le calmara su sufrimiento y él nos llamaba por teléfono al hospital para implorar que le lleváramos rápido el calmante.

La historia de Pedro y de su agonía debiera ser escrita por algún escogido que guiado por alguna mano divina, pudiese transcribir tanta intensidad en tan poco tiempo, talvez el desarme que provocó en nuestras vidas repriman la intención de despertar lo vivido y las penas y solidaridades para contárselo a alguien que le interese.

El Pastor Esteban Orellana es uno de los hombres más bondadosos que he conocido por ello acudí a él para pedir su apoyo, y nos acompañara pues nos sentíamos sobrepasados, muchas veces sin saber que hacer o responder frente a las angustiantes preguntas y a la rebeldía de Pedro para aceptar la realidad, el Pastor Esteban, padre de una numerosa y hermosa familia estuvo con nosotros, su presencia y su palabra siempre justa y sabia nos inundaba, a Pedro y a todos nosotros de paz y serenidad en el cada día.

El tiempo pasaba Pedro se agravaba cada vez más, fue así que llegamos al 1ª de Mayo, día feriado en recuerdo de los trabajadores, me sentía muy agotado, necesitaba descanzar y dormir algo más. Esa mañana sonó el teléfono, era Flor quien llamaba, su voz llena de esperanza me dice que han encontrado una posibilidad de curación para Pedro “Don Arturo, me dieron una dirección de una señora que trata y mejora estas enfermedades, por favor si puede acompañarnos Pedro se siente mal y quisiera ir de inmediato”, era tal el timbre de voz implorante de Flor que no dudé y me dirigí hasta la casa de Las Dalias. Flor me señala una dirección escrita borrosamente n un viejo papel, recuerdo a Pedro que sufría violentos dolores en su cuerpo y así doblado en sí mismo lo subimos al vehículo. Buscamos una dirección que no conocíamos, deambulamos cerca de Gran Avenida, nadie la conocía, Pedro con sus dolores, Flor con sus esperanzas y yo confuso e impotente, así llegamos a una tenencia de carabineros, ellos fueron amables y compasivos con nosotros, nos orientan y nos señalan que estábamos muy lejos del lugar, que debíamos ir hasta la comuna de San Bernardo, allí estaba esa población, pero cuidado nos dicen, pues es un lugar difícil, el jefe de guardia se comunica con la unidad policial cercana a la dirección buscada y pide apoyo policial para que nos acompañe a ingresar al barrio donde vivía la persona que necesitábamos, con más esperanzas nos dirigimos hacia la tenencia Los Morros, al llegar nos encontramos con un inusitado movimiento de carabineros, se nos explica que una violenta y masiva pelea había estallado durante el transcurso de un partido de fútbol vecinal, y que habían muchos heridos y contusos, nos quedamos prácticamente solos junto a un par de funcionarios que realizaban tareas administrativas, mientras tanto el sufrimiento de Pedro aumentaba y sus quejidos se escuchaban desde el exterior de la camioneta, nuestra impotencia aumentaba, se nos promete que pronto tendríamos el apoyo de carabineros, que “apenas lleguen” nos dicen.

No sé si rogué, imploré o insulté al oficial de guardia, quien entendía nuestra situación, en ese minuto aparecieron dos jóvenes carabineros que aparentemente terminaban su turno, estaban cansados, sin embargo al percibir la situación aceptaron de buena gana acompañarnos en la camioneta.

Las calles sucias, niñas en las puertas de sus casas, jóvenes repletaban las esquinas con aspectos de recién levantados a pesar de lo avanzado de la tarde, miraban con desprecio el vehículo, desprecio transformado en ironía y burla al identificar a los carabineros con sus verdes abrigos en aquel frió de marzo de 1997.

El ambiente de la población contrastaba con la limpieza que reinaba en la humilde casa de la médica. Era una meica, quien al ver la dificultad de Pedro al bajar del vehículo llenó un vaso de agua y le pidió que se tomara ese vaso de agua de un solo trago y sin respirar, que eso le aliviaría el dolor. No pidió dinero, sólo dijo que lo visitaría esa noche. No entendí como podría hacerlo, si ni siquiera pidió la dirección de Pedro, en realidad la visita no sería física, su lenguaje amable y maternal era incomprensible para mí, sólo recuerdo que mencionó que era tarde, muy tarde, también recuerdo que Jaime volvió a su casa sin dolores y con esperanzas, una al menos.

Todo se desencadenó en aquellos días, Pedro se agravó ostensiblemente, las drogas disminuían su efecto, el robusto cuerpo y su fortaleza física luchaban contra ese maldito cáncer que no descansaba en su empeño de vencer la vida.

“Don Arturo yo los voy a proteger a ustedes cuando me vaya, no los voy a dejar nunca” nos decía en medio de su agonía. Su lucidez se confundía, ya casi no reconocía a las personas, ni siquiera a sus humildes padres que habían viajado desde el sur para estar a su lado.

Y así murió Pedro, con el alma extraviada, su cuerpo rígido y sumergido en dolores.

Fue trasladado al hospital, murió ese lunes cercano al final de mayo.

Siempre quisimos ofrecer nuestro amor a Pedro, quisimos y allí estuvimos muchos, Patricio, Paola, María Luisa, Natty, Kelly y otros, para que Pedro tuviera algo de alivio y mucho de dignidad en los últimos meses de vida.

Pero nada terminó bien, el velatorio lo hicimos en nuestra sede de calle las Dalias 70, adaptamos las oficinas para acoger a los familiares de Pedro y Flor que viajaron desde el sur.

Estas familias estaban marcadas por el conflicto y la odiosidad, la virulencia y la tensión estaban a flor de piel. Recuerdo la primera noche, la primera noche en que Pedro no sufría, allí rodeando el ataúd las discrepancias dieron lugar a los encontrones y a las palabras, alguien me informó de esa increíble situación, hice que se desalojara el lugar les pedí reunirme con ambas familias en la cocina. Cansado tal vez, sólo surgió de mi corazón la amenaza que si no se calmaban se iban todos del lugar, que a nosotros no nos interesaban ni sus conflictos ni sus odiosidades, que esa era nuestra casa y que solo Pedro contaba con nuestro cariño y respeto. Que si para ellos eran mas importantes sus rencillas que el respeto y el amor a Pedro recién muerto, pues bien que se fueran a masticar sus odios lejos de esa casa, en fin, fueron tantas cosas en aquellos días.

Pedro fue sepultado en ese ambiente miserable, recuerdo a sus padres, no se que será de ellos, me pedían que hiciera las gestiones para trasladar el cuerpo a su pueblo natal. Los Ángeles, Flor su esposa y parte activa en el conflicto no aceptaba dicho cambio. No hice nada, Pedro aún esta en el Cementerio de Maipú. Flor y sus dos hijos se fueron meses mas tarde. Nunca más supimos de ella.

Curiosa amargura que nos embarga, nunca nos sentamos a analizar el impacto de esa experiencia en nuestras vidas. Poco a poco este grupo se ha ido disgregando, esta y otras luchas humanas que hemos dado, seguramente nos han abatido lentamente, algo así como el cáncer que poco a poco extinguió a Pedro.

Tal vez en algún lugar de nosotros encontremos un poco de consuelo y fortaleza, es verdad que abrazamos y entregamos lo mejor de nosotros a Pedro y que nunca lo dejamos abandonado, sin embargo es cierto que guardamos un sabor amargo en la boca quisiéramos hacer tanto y somos tan pequeños.


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    "«En mi comuna» recoge algunas experiencias de vida cotidiana que he conocido en mi condición de Concejal de nuestra comuna de Cerrillos."
    Arturo Aguirre Gacitúa
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