Juana sonríe mucho, siempre de buen humor, buena para la talla, solidaria como ninguna, madre de cuatro hijos, luchadora y amiga. Su esposo Pedro trabaja duramente para sostener el hogar. Juana también. Además de las muchas responsabilidades como dueña de casa, encuentra pololos y peguitas para fortalecer el presupuesto familiar. La casa de ellos, era mi casa. Vi crecer a los niños, conocí a toda
Poco a poco constaté su alejamiento de muchas actividades, Juana se encerraba en su casa, se distanciaba del quehacer solidario.
Un día me llamó por teléfono, quería hablar a solas. La noté triste, no era la misma, pero aún intentaba sonreír. “Te conozco harto viejita”, le dije, algo te pasa. ¿Me quieres contar? Dejó de sonreír. Era demasiado grande el esfuerzo. Acordamos encontrarnos, “si para eso estamos los amigos”, traté de bromear para aliviar el momento.
Y Juana me contó:
“Un día sábado fuimos de visita a casa de familiares” había harta alegría, buen ambiente, un poco de vino tal como ocurre en cada uno de nuestros hogares. Al atardecer volvimos a casa, veníamos contentos. Había que bañar y acostar a los niños, es cierto que mi esposo había tomado un poco más de la cuenta.
Llegamos a la casa, mi marido se quedó con un grupo de amigos que estaban en la esquina, ordené un poco, les di algo de comer a los niños y luego se fueron a la cama. Ahí llegó Pedro con sus amigos. Traían trago. Me molesté pero no me hizo caso alguno, estaban dispuestos a emborracharse. Enojada me encerré en mi pieza, me acosté, cansada me vino el sueño y me dormí profundamente.
Horas más tarde, despierto, algo estaba cerca de
El hombre se va, todo sigue oscuro. Ella llora toda la noche, sola.
El domingo habla con su marido. Él estalla en ira. Ofendido, quiere buscar al hombre y matarlo. Grita y se desespera. Se siente culpable, llora, se queja. Pasan las horas. No dicen nada. Los niños no se han dado cuenta de lo ocurrido. Pero eso no es todo, la humillación no había terminado aún, Juana me cuenta. Pedro en un esfuerzo por explicarse, le pide que no diga nada a nadie, que la gente no lo entendería, que solo aumentaría el daño. Mejor que todo quede igual, en silencio. Ella no lo puede creer, no lo entiende. Él no piensa, se refugia. Ella acumula indignación, pero todo queda ahí.
“Aquí estoy don Arturo. No sé que hacer. Me siento sola, sucia y culpable. No diré nada. Me siento muerta y otros han muerto para mí. Sólo usted lo sabe, me alivia contárselo. No veré psicólogo ni pediré ayuda. Me levantaré poco a poco.”
Siempre admiraré a Juana. Se ha levantado tal como dijo. Hoy recupera su sonrisa. Nunca será igual, ni ella ni su sonrisa. Sé, por qué la conozco bien. Cuenta con una inmensa entereza moral, fortaleza espiritual y de lucha. Sé también que nunca cerrará esa herida, que es la herida de tantas otras mujeres que guardan en su corazón esa etapa negra de sus vidas.
0 Respuesta a “Juana”
Leave a Reply