Marta y su rostro de niña


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En las orillas del zanjón de la Aguada y rodeado de pozos areneros agotados convertidos en gigantescos basurales clandestinos, vivían cerca de trescientas familias del campamento llamado Parcela 30.

Entre la disputa de olores nauseabundos que provenían del canal y del basural cercano, entre contaminación y perros hambrientos en busca de algo para comer, allí las familias luchaban cotidianamente por salir adelante y lograr el sueño de la casa propia.

El Gobierno del Presidente Eduardo Frei había iniciado la construcción de la Villa Oreste Plath en el marco del programa Chile Barrios. Ese era el sueño de las familias, si desde el campamento mismo se podía ver, allá a la distancia la construcción de los departamentos que avanzaban cada día más.

En el sector los vecinos formaron seis comités de allegados integrados por cerca de 50 familias cada uno. Allí reencontré a Marta a quien conocí siendo pequeña. Era la presidenta de uno de esos comités que además tenía una particular característica, pues estaba formado casi exclusivamente por matrimonios muy jóvenes. Ella era una hermosa joven, muy franca, decidida, leal e inteligente. Junto a su amiga Julia, mujer suave de edad similar, y tal vez un poco tímida, se esforzaban, con sus hijos a cuesta, por hacer funcionar el grupo, tan llenas de proyectos e ilusiones, de ese potente deseo de tener algo propio, armar una vida distinta sin ser allegados de nadie, lograr simplemente una vida digna “para dejarle algo a los niños” decían.

Las señoras Raquel y Mónica, madres de Marta y Julia, eran mis amigas desde hace tiempo y de allí mi acercamiento a las jóvenes dirigentes. Las madres contaban con una vida llena de luchas propias de las familias pobladoras que deben enfrentar a menudo los abusos e indolencias, de, a veces, el municipio y otras veces, de alguna autoridad o poder.

Para Navidad organizábamos la necesaria fiesta para los niños. Nos conseguíamos dulces, regalos y premios para las competencias. Todos colaboraban. No importaba el sol intenso, el polvo, ni los malos olores, total, sabíamos que los pequeños no olvidan nunca esos bellos recuerdos de infancia. Era hermoso verlos participar en las competencias mostrando sus graciosos números artísticos preparados con anterioridad. ¿Porqué será que los niños de los barrios bailan y cantan tan bonito?. En honor a la verdad, debo agregar que la fiesta era para todos, pues ya entrada la noche surgían las cumbias, las rancheras, un traguito y así la fiesta continuaba hasta tarde. Algo similar ocurría en Fiestas Patrias, el Día del Niño y en otras ocasiones. Todo era muy simple, pues necesitábamos solo un “engañito” para los niños, algunas mesas y sillas, globos, un par de banderas y un equipo de música. El resto se deslizaba natural y suavemente desde la amistad de los vecinos y las ganas de disfrutar juntos. Después de todo, las familias vivirían por siempre juntas, una vez que lograran su departamento. Aquellos mismos que desde la fiesta se observaban allá, a lo lejos, en la futura Villa Oreste Plath.

Una buena directiva del comité de allegados organiza por cierto estas hermosas fiestas, pero sobre todo se ocupa de la libreta de ahorro de los socios. Velan que las familias tengan su depósito al día y si ello no ocurría sea porque el marido perdió la pega, porque un hijo se enfermó y se tuvo que gastar la plata en medicamentos, pues bien, en esos casos Marta y Julia sabían que el puntaje de todo el comité se vería afectado para la postulación a la vivienda, era por lo tanto común verlas los fines de semana vendiendo completos, sopaipillas o realizando alguna rifa. Hacían todo lo que fuera necesario para no poner en peligro la obtención del subsidio habitacional que los conduciría a su departamento definitivo. Por eso no era extraño ver a Marta “empapelando” a garabato limpio a los maridos que en más de una ocasión gastaban sus pocos pesos en otras cosas en lugar de depositar la plata en el Banco. Les aseguro que en esas ocasiones Marta era una fiera.

Curiosamente, el calor intenso, el polvo siempre presente y las alergias provocadas por los tóxicos depositados en los basurales jamás afectaron la frescura del rostro de Marta, ni su blanca piel, ni sus ojos almendrados. Era casi una niña.

Así pasaba el tiempo. Me contaron que las cosas no andaban bien en el comité. Marta había cambiado bruscamente, había abandonado su cargo de dirigente, a su marido y también a su pequeño hijo. Julia, desamparada, me hablaba de los difíciles momentos de Marta, de su depresión, el alcohol y todo el resto. Esta situación fue muy rápida, repentina e inesperada. Luego nadie supo más de ella.

Meses más tarde, en un día de verano, me dirigía a una reunión, cerca de la casa de la señora Raquel, madre de Marta, la divisé, ella también me vió, se escondió detrás de algunos árboles, proseguí mi camino y me devolví por la calle vecina. No pudo evitar el encontrarnos. “Hola amiga” le dije, mientras me bajaba de la camioneta. Su rostro estaba muy cambiado, sus ojos irritados por la falta de sueño, la sentí incómoda con mi presencia, la abracé con naturalidad, un grupo de jóvenes, curiosos, observaban; “como es posible Marta que te hayas olvidado de tu amigo” le dije, ella no respondió “nosotros seguimos haciendo actividades y todos te echamos de menos” ella mantenía su silencio “Te propongo algo, si de repente deseas conversar conmigo, no te voy a faltar, no quiero que te sientas sola, tu sabes como ubicarme, no olvides que siempre seré tu amigo”. Pienso que Marta temía algún reproche o un discurso moralizador, no fue ese el caso, ella sonrió y respondió simplemente que me llamaría, recuerdo que me despedí de ella diciendo lo mucho que la necesitábamos y que su presencia era de mucha importancia en las actividades solidarias que realizábamos en la comuna.

En otras ocasiones volví a verla, con diálogos similares, en pleno día junto al grupo de jóvenes. La veía consumirse en ella misma.

Una noche, en pleno mes de junio, se produjo una balacera en su sector. Una persona fue asesinada. Marta, quien casualmente se dirigía a comprar pan a un negocio vecino, recibía también algunas balas perdidas, los proyectiles penetraron su pecho y en ese momento Marta con su rostro de niña y un embarazo de tres meses concluía su vida.


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    Arturo Aguirre Gacitúa
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