
El temor existía y nadie dudaba que la tragedia se desataría en cualquier momento. Esto ocurre a menudo en nuestros barrios. Esa tarde de otoño, me sorprendió un vehículo policial que velozmente me sobrepasó mientras manejaba mi vehículo por Avenida Presidente Allende. Supuse que podría ser un asalto a algún Banco. Lo comenté con Alicia y Víctor que me acompañaban en aquel momento.
No tardé en percibir la desgracia que estallaba, me detuve. La gente se agolpaba en la carretera. Un pequeño cuerpo yacía en el suelo, otros, heridos, eran retirados del lugar.
Las vecinas llegaban numerosas. Se vaciaron las casas de El Mirador y Raúl Mazzone. No era sólo muchedumbre, eran madres indignadas, llenas de dolor que llegaban, eran niños acongojados y temerosos, era la pena, la rabia incompetente. Si todos sabían que esto ocurriría, ¿porque esperar? ¿A quién preguntar? La gente ocupó la calle. Se paralizó el tránsito. Elizabeth yacía rodeada de muchas madres que vieron en ella a sus propias hijas.
La policía hizo un intento de reponer la circulación del tránsito. Me sumé a los vecinos en la toma de la calle, no era sensato reprimir a madres que exigían gritar su dolor y denunciar la injusticia. No faltaron los golpes a las mujeres. A ellas no les faltó el coraje ni la decisión. Resistieron. Recuerdo haber conversado con el oficial de la Tenencia de Vista Alegre. Debían retroceder, no disolver ni reprimir, pues las consecuencias eran imprevisibles. Se logró el retiro de Carabineros. La gente exigía la presencia del Alcalde. Sin resultados. Una camioneta municipal se asomó a 500 metros del lugar. Dos funcionarios intentan dialogar, olvidando que no se tratara de una negociación cualquiera, era e1 dolor y la dignidad de esas muchas madres que se expresaba. Fueron expulsadas y corriendo a duras penas lograron saltar sobre el vehículo en marcha.
Esa tarde fue un duelo masivo, los medios de prensa se hicieron presentes.
El ambiente era tenso. Un oficial mayor de carabineros se hizo cargo del dialogo con los vecinos. Se alejaba momentáneamente el peligro de una reacción violenta de carabineros. Cerca de las 6 de la tarde don Raúl y la señora Marta, padres de la pequeña, me pidieron que acompañase a familiares para realizar las gestiones de rigor para el velatorio.
Una vez terminado este trámite, emprendimos la vuelta a Cerrillos. Fuimos sorprendidos por un ambiente irrespirable Eran las bombas lacrimógenas producto de una represión desmedida que se dejaba caer en el sector. El aire envenenaba las calles, las casas, los dormitorios, todo. Vi a ancianos con dificultades respiratorias. También hubo detenidos. La noche había caído y un extraño silencio se amparaba en todo el sector del Mirador I, Raúl Mazzone y Villa México. Carros policiales se ubicaron en distintos lugares próximos a la avenida Presidente Allende, la caletera Américo Vespucio, etc., .
Poco más tarde, de las calle húmedas por el agua y el aire cargado por los gases, surgieron poco a poco vecinas que se atrevían a encender velas en el lugar del accidente.
Grande fue nuestra sorpresa cuando cerca de las 11 de la noche, en momentos que un grupo cercano a las 80 personas rezaban el rosario, surge sorpresivamente desde la Villa México, un piquete de carabineros dirigiéndose en actitud violenta hacia el lugar en que nos encontrábamos. Pisotean las velas y empujan a la gente que reacciona con sorpresa, pues solo rezaban. Con temor, pero sobretodo con indignación, allí nadie retrocedió. Era una mayoría de mujeres. Recuerdo particularmente a mi amiga Kelly, quién no está más con nosotros. Ella me acompañó en todo momento, temerosa de los golpes que yo pudiese recibir de los enceguecidos carabineros. Es verdad, los golpes de palos dirigidos a las piernas de la mujeres llovían. La mujer es valiente cuando lucha por causas en las que ella cree firmemente, por eso tal vez el valor superaba al dolor de los golpes. La muralla humana seguía intacta y no retrocedimos. Un mayor de carabineros, hombre más sensato que el oficial que estaba a cargo del piquete llega al lugar y a viva voz les ordena replegarse hacia la Villa México donde los esperaba el bus policial. Siempre me he preguntado quien pudo ordenar un desatino semejante. Cada vez que recuerdo ese momento me siento lleno de orgullo por la valentía de ese grupo de mujeres que sólo intentaba orar por el descanso del alma de la pequeña Elizabeth.
Pero no todo terminaba allí. Los días siguientes fueron testigos de otros esporádicos enfrentamientos entre vecinos y la policía. También tuvimos que acompañar a la comisaría de Maipú a muchas madres cuyos hijos habían sido detenidos. En esas horas pasaban muchas cosas, grupos de jóvenes manifestaban y hacían quema de neumáticos mientras que en las poblaciones aledañas se organizaban colectas solidarias. Cosa curiosa de la vida, la pasarela por la cual tanto se había luchado anteriormente sin tener respuesta positiva de la autoridad, se instalaba a los pocos días. Mágicamente todas las dificultades legales, administrativas y financieras desaparecieron de un plumazo. Cierto es, Elizabeth no estaba más con nosotros.
Al evocar esos días, me emocióno al recordar que apenas 48 horas de transcurrido el accidente, las vecinas y los jóvenes del sector trabajaron reuniendo ladrillos y un poco de cemento para levantar una animita en el lugar de la tragedia. Han transcurrido varios años. Sin embargo, cada vez que usted pase por ahí, verá que nunca falta una flor y que el recuerdo de Elizabeth sigue vivo.
La despedida de Elizabeth fue sobre todo un vibrante acto de oración y de respeto. Fue un abrazo gigantesco y solidario a don Raúl, a la señora Marta y a toda su familia. Elizabeth conmovió a miles de cerrillanos. Por eso que también fuimos miles quienes acompañamos a la pequeña hasta el lugar de su descanso definitivo. Hoy miro hacia atrás, veo rostros de mujeres y jóvenes. Allí no hubo diferencias políticas, religiosas ni de ningún tipo. Sólo nos unió un profundo estremecimiento, dolor e indignación frente a esta injusta perdida humana.
Sí, hoy los recuerdo a todos. También guardo una frustración, pues recibí centenares de firmas de vecinos que solicitaban al municipio que la pasarela lleve el nombre de Elizabeth. Presenté dicha solicitud al Concejo Municipal. Sólo logré el apoyo del Concejal Rafael Díaz. No pude más. Por ello, perdón.
Recuerdo que hace algunos años existía la Liga deportiva Las Torres presidida por don Néstor Chouquet, un tremendo dirigente deportivo que ha dedicado lo mejor de su vida a organizar a los jóvenes en torno al deporte y estimular la sana convivencia en
La mayor parte de
Don Luís Godoy es el Presidente de la Junta de Vecinos Las Torres, esta organización agrupa a un sector de la población, don Luís es un hombre de Fe, cristiano y socialista, así se declara y como tal es un dirigente activo que busca ardientemente mejorar las precarias condiciones en que vive su gente.
Don Luís es perseverante como el solo, cuando surge una idea en su Junta de Vecinos no descansa hasta concretarla (se los digo yo).
En su sector no había sede vecinal, tampoco existía terreno para edificar ¿Qué hacer entonces? Más de 30 años viviendo allí y ni siquiera contaban con un lugar común, con una sede propia para reunirse y compartir.
El Pasaje Los planetas termina frente a un muro divisorio que lo separa de una propiedad privada, es el recinto que acoge a una línea de microbuses, don Luís no dudó ni un instante, se dirigió a hablar con el propietario del terreno, don Luís Moraga, un conocido empresario de Cerrillos quien al verlo tan entusiasmado se sumó a la iniciativa del dirigente facilitando el terreno para la instalación de la sede, y lo que ayer parecía imposible hoy asomaba con grandes expectativas de éxito. Con la autorización del dueño del sitio en mano, don Luís obtuvo un par de piezas donadas por el municipio, mas tarde el entusiasmo y el trabajo voluntario de los socios dieron a luz la sede social.
Don Luís y
Aún no se inauguraba la sede social que don Luís ya pensaba en enfrentar el delicado problema de las viviendas deterioradas. Al principio muchos vecinos no creían en la posibilidad de reparar sus casa, era comprensible pues los acompañaba una historia de abandono y la sensación de marginalidad, por lo tanto era esencial recobrar la esperanza y a ello se dedicó don Luís junto a la directiva de la Junta de Vecinos de Las Torres. Durante semanas los vi golpeando cada oficina del municipio exigiendo ser escuchados, habló con cada autoridad municipal, con convicciones expuso su proyecto, también se dirigió al SERVIU con la misma actitud decidida, Poco a poco la luz comenzó a surgir, las trabas se despejaban, todo avanzaba con lentitud pero avanzaban.
La reparación de las casas es hoy una realidad, hace algunos meses se hizo la fiesta de inauguración, es cierto que algunos vecinos, temerosos o incrédulos no participaron en la primera iniciativa, actualmente la expectativa y la confianza es grande y se preparan para continuar el mismo camino.
A don Luis Godoy se le puede escuchar difundiendo
En tiempos difíciles en que la sociedad chilena soporta una gran ofensiva de valores individualista inherentes al modelo económico neoliberal que nos rige, es reconfortante conocer a tantos Luchos Godoy y señoras Celindas que gracias a Dios dan la batalla en nuestras poblaciones, ellos constituyen sin duda nuestra esperanza para hacer de Cerrillos una comuna mas afectuosa y solidaria.
En Cerrillos, los meses de Septiembre y Octubre del año pasado marcarían dolorosamente nuestras vidas. Nicolás Muñoz Vargas, un pequeño de tan sólo 6 años desaparecía un 4 de Septiembre. Pudo ser un caso más de tantos niños que se, esfuman sin dejar trazo, sólo queda una estela de dolor para la familia y el olvido para la sociedad, pero con Nicolás todo sería distinto.
El amor de
Así fue, todos ellos y muchos otros dieron nacimiento a un formidable movimiento solidario, al despliegue de energías, a las expresiones de amor más importantes y masivas jamás vividas en la corta historia de la Comuna de Cerrillos.
Nicolás se transformó en presencia natural, en las conversaciones de todos, en cualquier reunión social, actividad deportiva, religiosa o cultural surgía el nombre del pequeño. Rápidamente su foto es difundida, vemos los afiches en todos lados, vehículos, supermercados, postes, árboles, al principio, en Cerrillos; en todo Santiago más tarde.
Sin embargo la impotencia se instalaba, la Magistrada a cargo de la investigación no ordenaba una investigación amplia que facultaría a Carabineros a multiplicar sus esfuerzos, no había luz y sólo la esperanza sostenía la búsqueda, había pasado más de un mes.
Los recursos se hacían escasos, faltaban vehículos, bencina, fotocopias. El Centro General de Padres busca alivio y fuerza en un Oficio Religioso que se realiza en el patio del Colegio.
La prensa nacional es sensibilizada por la movilización de los vecinos y transmite regularmente despachos noticiosos, el Ministerio del Interior también se pone en acción y nos apoya luego de habernos recibido el Ministro Francisco Vidal, quien subrogaba al Ministro Insulza, en ese encuentro participamos
La Villa Los Presidentes de Chile, sector de trabajadores, alimenta la solidaridad a la familia de Nicolás. Pero el niño no aparece.
El Viernes 19 de Octubre no seria olvidado, a no menos de
La noticia impacta a Cerrillos. Pasa un día, dos, varios, los peritajes médicos no son concluyentes, rumores surgen, un ambiente de inseguridad se instala en nuestras poblaciones.
Una semana más tarde, se confirma el hallazgo, los exámenes eran concluyentes era el cuerpo de Nicolás.
Se extinguía la llama de la esperanza que animó a tantos, por encontrarlo, alegre, travieso, esa llama moría con él. La desaparición de Nicolás durante casi 2 meses nos permitió conocer el dolor de tantas madres que han visto desaparecer a sus hijos, sin poder ni siquiera entregarle una sepultura.
Muchos dudaron, muchos más se preguntan por la intervención de terceros, no es posible que Nicolás tomara una decisión voluntaria de alejarse kilómetros para dejarse morir en medio de matorrales y neumáticos viejos.
Al día siguiente, Nicolás llegó a
Han pasado varios años, me pregunto si algo logramos aprender del martirio de Nicolás y del dolor de
Cada niño de Cerrillos es un poco Nicolás en vida, todos los niños se asemejan. ¿Le parece bien a usted que dediquemos más tiempo para amar y proteger a nuestros hijos?.
Tal vez sea el mejor homenaje a Nicolás.
En las orillas del zanjón de la Aguada y rodeado de pozos areneros agotados convertidos en gigantescos basurales clandestinos, vivían cerca de trescientas familias del campamento llamado Parcela 30.
Entre la disputa de olores nauseabundos que provenían del canal y del basural cercano, entre contaminación y perros hambrientos en busca de algo para comer, allí las familias luchaban cotidianamente por salir adelante y lograr el sueño de la casa propia.
El Gobierno del Presidente Eduardo Frei había iniciado la construcción de
En el sector los vecinos formaron seis comités de allegados integrados por cerca de 50 familias cada uno. Allí reencontré a Marta a quien conocí siendo pequeña. Era la presidenta de uno de esos comités que además tenía una particular característica, pues estaba formado casi exclusivamente por matrimonios muy jóvenes. Ella era una hermosa joven, muy franca, decidida, leal e inteligente. Junto a su amiga Julia, mujer suave de edad similar, y tal vez un poco tímida, se esforzaban, con sus hijos a cuesta, por hacer funcionar el grupo, tan llenas de proyectos e ilusiones, de ese potente deseo de tener algo propio, armar una vida distinta sin ser allegados de nadie, lograr simplemente una vida digna “para dejarle algo a los niños” decían.
Las señoras Raquel y Mónica, madres de Marta y Julia, eran mis amigas desde hace tiempo y de allí mi acercamiento a las jóvenes dirigentes. Las madres contaban con una vida llena de luchas propias de las familias pobladoras que deben enfrentar a menudo los abusos e indolencias, de, a veces, el municipio y otras veces, de alguna autoridad o poder.
Para Navidad organizábamos la necesaria fiesta para los niños. Nos conseguíamos dulces, regalos y premios para las competencias. Todos colaboraban. No importaba el sol intenso, el polvo, ni los malos olores, total, sabíamos que los pequeños no olvidan nunca esos bellos recuerdos de infancia. Era hermoso verlos participar en las competencias mostrando sus graciosos números artísticos preparados con anterioridad. ¿Porqué será que los niños de los barrios bailan y cantan tan bonito?. En honor a la verdad, debo agregar que la fiesta era para todos, pues ya entrada la noche surgían las cumbias, las rancheras, un traguito y así la fiesta continuaba hasta tarde. Algo similar ocurría en Fiestas Patrias, el Día del Niño y en otras ocasiones. Todo era muy simple, pues necesitábamos solo un “engañito” para los niños, algunas mesas y sillas, globos, un par de banderas y un equipo de música. El resto se deslizaba natural y suavemente desde la amistad de los vecinos y las ganas de disfrutar juntos. Después de todo, las familias vivirían por siempre juntas, una vez que lograran su departamento. Aquellos mismos que desde la fiesta se observaban allá, a lo lejos, en
Una buena directiva del comité de allegados organiza por cierto estas hermosas fiestas, pero sobre todo se ocupa de la libreta de ahorro de los socios. Velan que las familias tengan su depósito al día y si ello no ocurría sea porque el marido perdió la pega, porque un hijo se enfermó y se tuvo que gastar la plata en medicamentos, pues bien, en esos casos Marta y Julia sabían que el puntaje de todo el comité se vería afectado para la postulación a la vivienda, era por lo tanto común verlas los fines de semana vendiendo completos, sopaipillas o realizando alguna rifa. Hacían todo lo que fuera necesario para no poner en peligro la obtención del subsidio habitacional que los conduciría a su departamento definitivo. Por eso no era extraño ver a Marta “empapelando” a garabato limpio a los maridos que en más de una ocasión gastaban sus pocos pesos en otras cosas en lugar de depositar la plata en el Banco. Les aseguro que en esas ocasiones Marta era una fiera.
Curiosamente, el calor intenso, el polvo siempre presente y las alergias provocadas por los tóxicos depositados en los basurales jamás afectaron la frescura del rostro de Marta, ni su blanca piel, ni sus ojos almendrados. Era casi una niña.
Así pasaba el tiempo. Me contaron que las cosas no andaban bien en el comité. Marta había cambiado bruscamente, había abandonado su cargo de dirigente, a su marido y también a su pequeño hijo. Julia, desamparada, me hablaba de los difíciles momentos de Marta, de su depresión, el alcohol y todo el resto. Esta situación fue muy rápida, repentina e inesperada. Luego nadie supo más de ella.
Meses más tarde, en un día de verano, me dirigía a una reunión, cerca de la casa de
En otras ocasiones volví a verla, con diálogos similares, en pleno día junto al grupo de jóvenes. La veía consumirse en ella misma.
Una noche, en pleno mes de junio, se produjo una balacera en su sector. Una persona fue asesinada. Marta, quien casualmente se dirigía a comprar pan a un negocio vecino, recibía también algunas balas perdidas, los proyectiles penetraron su pecho y en ese momento Marta con su rostro de niña y un embarazo de tres meses concluía su vida.
José no tenía familiares, nunca se supo de ellos. Tampoco él habló nada. No era justo que tuviera un final de perros, había que darle cristiana sepultura y para eso estan sus vecinos y compañeros de trabajo. José era cartonero y ganaba su vida buscando fierro o algo en los botaderos o en las calles para venderlo al kilo. Tampoco rechazaba su vasito de tinto, el mejor amigo para espantar las soledades, las depresiones y además, compañero ideal para no dejar escapar los trozos de alegría que le daba el Colo Colo cuando ganaba.
Ellas tenían razón. Había que darle una sepultura digna a José. Me impactó la determinación de las vecinas para lograr que José sea acompañado por sus amigos hasta el campo santo. Había mucho que hacer, diversos trámites notariales, responsabilizarnos ante el Instituto médico legal, organizar el velatorio, la sepultura, y obtener finalmente la autorización para retirar el cuerpo. Así lo hicimos, no sin antes haber logrado que el municipio facilitara el servicio funerario.
Era el mes de septiembre, poco antes de Fiestas Patrias. En medio de muchas actividades y compromisos, recibí un llamado telefónico de Luisa, José había llegado a su casa, en
Tarde en la noche llegué a acompañarlo. Una entrada al patio lleno de oscuridad me recibió. En bancas instaladas al exterior de la casa estaban sus amigos cartoneros. Todos eran hombres, salvo Luisa y Angélica.
Al ingresar al patio sentí un leve olor a vino. Algunas garrafas ocupaban su centro. El ambiente era calmo y sereno. Alguna lágrima brotaba de los ojos de algunos amigos de José mientras consumían un vaso de vino tinto.
José estaba en el interior de una pequeña pieza con piso de tierra. Sólo un ramo de flores descansaba sobre el ataúd. No había ninguna imagen religiosa, pues el ataúd estaba cubierta por una gran bandera de su equipo favorito. La pieza era pequeña, con piso de tierra. Ingreso a ella sólo, y observo el rostro de José, rubio, tez blanca. Dormía.
Minutos más tarde, varios de sus amigos ingresan abruptamente a la pieza de madera. No rezaron, simplemente hablaban a viva voz a José “¡Aquí estamos tus amigos po’ loco! ¡Aquí no dejamos botao a ninguno, compadre! ¡Salud por el José! ” Inmediatamente después surgió el himno del Colo Colo desde las gargantas de los amigos verdaderos de José. Rato más tarde, me retiré tranquilo, pues sentía que en verdad estábamos cumpliendo con el compromiso que nos habíamos hecho: brindar una sepultura digna al amigo José.
Esa misma noche se realizó una colecta solidaria en la población. Ésta colecta es por cierto, un acto de apoyo a los vecinos afligidos, pero es también una tradición. Es una suerte de obligación cultivada en el respeto hacia la muerte y por la certeza de que los más humildes sólo cuentan con ellos mismos para apoyarse en el dolor.
El día siguiente era la víspera de Fiestas Patrias. Las industrias y las instituciones trabajaban generalmente hasta medio día. Un buen asado entre compañeros de trabajo da el inicio a estas celebraciones.
Le pedí a
“No hay ningún José en la lista de difuntos para el día de hoy” nos señala categórico el funcionario de la administración del cementerio. Alarmado, pregunto a Luisa que ocurría pues el día anterior se me había dicho que estos trámites habían sido hechos y que la colecta serviría para cancelar la sepultura por un período de tres años. “Lo que pasa don Arturo es que la plata que nos llegó no alcanzó.” No podía creer lo que escuchaba. Menos aún cuando el funcionario al vernos desesperados, nos sugirió que podríamos dejar el ataúd en la bodega del cementerio mientras se reunía el dinero. En septiembre las noches son heladas, pero los días son calurosos y en aquel año, las Fiestas Patrias coincidían con un fin de semana, lo que sumaba 4 días de feriado.
“Nunca falta Dios” es lo que decimos cuando inesperadamente resolvemos algún problema. En esa ocasión Dios se presentaba a través de mi buen amigo
Así fue, entre vítores del Colo Colo, una oración y las paladas de los sepultureros, pudimos, empolvados, transpirados, pero tranquilos, cumplir con el objetivo que Luisa y Angélica se habían trazado. Nunca terminaré de reconocer que las mujeres entregan la vida y la sal en la convivencia vecinal. Si no hubiésemos contado con Luisa y Angélica, seguramente José hubiese tenido como último destino la fosa común o alguna clase de anatomía de cualquier escuela de medicina.
Existe en nuestro país una gran y antigua tradición: Algunos han tratado de enlodar a los cultores de este deporte insinuando la presencia del alcohol en sus actividades. Otros señalan que ni siquiera es un deporte. La verdad es que en el pasado muchos clubes de rayuela surgían al alero de algún restaurante y allí se mezclaba la fiesta, el asado y
En Cerrillos contamos con nobles instituciones que, desde hace muchos años, dan testimonio de rigurosidad, esfuerzo y dedicación. El Club de Rayuela de las Torres Desco, con más de 40 años de antigüedad, el Club "Los Lolos" con cerca de 34 años de existencia, nuestros queridos viejos del Club Los Presidentes de Chile que ya cumplieron 15 años de vida.
Recuerdo que por allá a final de los años
Me gustan los viejos de la rayuela, porque a pesar de la vida no siempre fácil que les ha tocado enfrentar son leales, francos y buenos para
Es en los clubes de rayuela que conocí el famoso cocimiento del matadero, un plato sabroso pero cuestionable a la vista para algunos, todo depende del gusto, en cualquier caso es necesario acompañarlo de un buen vaso de vino. Tengo grandes amigos en la rayuela de Cerrillos, don Sergio Fritz, don Aliro, que ha entregado toda su vida a este deporte, al Víctor, el señor Miranda, el Mexicano, el González, y tantos otros.
Los rayueleros son vida, fraternidad y ejemplo. La rayuela es expresión de chilenidad y es tradición anclada en el corazón de nuestro pueblo ¡Pucha que grato tener la Asociación de Clubes de Rayuela de Cerrillos!
Un día viernes, muy frío recibo un llamado de los dirigentes de la Junta de Vecinos Arica. La Carmelita era muy conocida por los vecinos del sector, ella vivía en su carretón desde hace muchos años, acompañada de sus sacos y tarros deambulaba por las calles, ella pedía un poco de comida, la cazuela era su preferida. Ese día, la Carmelita estaba rodeada de sus vecinos, preocupados, estaba muy enferma, la trasladamos hasta el consultorio Sofía Pincheira y desde allí a
Una ola de solidaridad se desató entre los vecinos, la colecta fue apoyada masivamente, la Carmelita no tenía familiares conocidos, muchas historias se tejieron en torno a su persona. La Junta de Vecinos, encabezada por su presidente Johny Yañez, y las señoras Margarita Vera y Sandra Cárdenas se dieron la tarea de brindarle un funeral y una sepultura digna. Los días pasaron, todos preguntaban por ella, el servicio Medico Legal debía identificarla y posteriormente se podía proceder a la entrega de su cuerpo. Una semana más tarde la Carmelita llega hasta la sede del Deportivo Germinal, la Carmelita se llamaba en realidad Margarita Pichihuinca P. Ella era una persona pobre, muy pobre, su riqueza material era solo su carretón, sus sacos y sus tarros, sin embargo su muerte generó un duelo para todos los vecinos de ese sector. Esa era su riqueza, el amor de los vecinos.
La gente llenó de flores su féretro, representantes de las Iglesias evangélica y católica concurrieron a ofrecer la oración por el descanso de su alma. Su funeral fue hermoso, micros y automóviles se llenaron con las más de 150 personas que concurrimos a acompañarle hasta el cementerio Parroquial de Maipú.
En el camposanto, el Presidente de la Junta de Vecinos despedía a la carmelita, varios vecinos también testimoniaron con emoción y recordaron a esa querida mujer, de pocas palabras, que sin familia y sin riquezas materiales conquistó el corazón de todos. También ví a niños estremecidos que portaban una flor para ella.
La Carmelita o la Margarita se fue rodeada de amor del vecindario. Pensar que para algunos ella pudo haber sido solo una vagabunda. No fue así.
La movilización de afecto y solidaridad de los vecinos de calle Paicaví, Colo Colo, Ernesto Cea y todas las otras calles del sector nos han dado una lección de dignidad, de amor al prójimo y de valoración de los mejores sentimientos humanos.
A ellos, a la Junta de Vecinos Arica, a los padres que junto a sus hijos acompañaron a la Carmelita, mi profundo reconocimiento por la grandeza que demostraron. A todos los vecinos de Cerrillos cuento esta experiencia, pues es cierto que la soledad se combate con solidaridad, ojalá que surjan miles de otras acciones similares a la demostrada por los vecinos de ese sector, seguramente todo sería mejor para los que vivimos en la comuna de Cerrillos.
Juana sonríe mucho, siempre de buen humor, buena para la talla, solidaria como ninguna, madre de cuatro hijos, luchadora y amiga. Su esposo Pedro trabaja duramente para sostener el hogar. Juana también. Además de las muchas responsabilidades como dueña de casa, encuentra pololos y peguitas para fortalecer el presupuesto familiar. La casa de ellos, era mi casa. Vi crecer a los niños, conocí a toda
Poco a poco constaté su alejamiento de muchas actividades, Juana se encerraba en su casa, se distanciaba del quehacer solidario.
Un día me llamó por teléfono, quería hablar a solas. La noté triste, no era la misma, pero aún intentaba sonreír. “Te conozco harto viejita”, le dije, algo te pasa. ¿Me quieres contar? Dejó de sonreír. Era demasiado grande el esfuerzo. Acordamos encontrarnos, “si para eso estamos los amigos”, traté de bromear para aliviar el momento.
Y Juana me contó:
“Un día sábado fuimos de visita a casa de familiares” había harta alegría, buen ambiente, un poco de vino tal como ocurre en cada uno de nuestros hogares. Al atardecer volvimos a casa, veníamos contentos. Había que bañar y acostar a los niños, es cierto que mi esposo había tomado un poco más de la cuenta.
Llegamos a la casa, mi marido se quedó con un grupo de amigos que estaban en la esquina, ordené un poco, les di algo de comer a los niños y luego se fueron a la cama. Ahí llegó Pedro con sus amigos. Traían trago. Me molesté pero no me hizo caso alguno, estaban dispuestos a emborracharse. Enojada me encerré en mi pieza, me acosté, cansada me vino el sueño y me dormí profundamente.
Horas más tarde, despierto, algo estaba cerca de
El hombre se va, todo sigue oscuro. Ella llora toda la noche, sola.
El domingo habla con su marido. Él estalla en ira. Ofendido, quiere buscar al hombre y matarlo. Grita y se desespera. Se siente culpable, llora, se queja. Pasan las horas. No dicen nada. Los niños no se han dado cuenta de lo ocurrido. Pero eso no es todo, la humillación no había terminado aún, Juana me cuenta. Pedro en un esfuerzo por explicarse, le pide que no diga nada a nadie, que la gente no lo entendería, que solo aumentaría el daño. Mejor que todo quede igual, en silencio. Ella no lo puede creer, no lo entiende. Él no piensa, se refugia. Ella acumula indignación, pero todo queda ahí.
“Aquí estoy don Arturo. No sé que hacer. Me siento sola, sucia y culpable. No diré nada. Me siento muerta y otros han muerto para mí. Sólo usted lo sabe, me alivia contárselo. No veré psicólogo ni pediré ayuda. Me levantaré poco a poco.”
Siempre admiraré a Juana. Se ha levantado tal como dijo. Hoy recupera su sonrisa. Nunca será igual, ni ella ni su sonrisa. Sé, por qué la conozco bien. Cuenta con una inmensa entereza moral, fortaleza espiritual y de lucha. Sé también que nunca cerrará esa herida, que es la herida de tantas otras mujeres que guardan en su corazón esa etapa negra de sus vidas.
El frío atardecer del 11 de Septiembre de 1973 fue acompañado por un profundo silencio que recorría a todo el país. Pero el silencio no expresaba tranquilidad en los rostros y corazones de millones de chilenos.El ruido de los helicópteros militares volando a baja altitud y el tableteo de las metralletas indicaban que algo trágico y doloroso se amparaba de Chile. Nadie sabía nada de lo que ocurría, pero todos comprendimos que nuestro país no sería nunca más el mismo de antes.
Al caer la noche, camiones militares cruzaban por Avda. Lo Errázuriz. Los vecinos estaban en sus casas, el toque de queda había sido impuesto a la población. Los camiones se detuvieron abruptamente frente a un sitio eriazo, cercano a la calle Huelén. Descendieron grupos de militares que a fuerza de golpes y gritos bajaron a varios jóvenes que amarrados y con sus ojos vendados, no entendían lo que les ocurría. Ellos intentaban no caer. Tampoco hablaban. En algunos sectores de Santiago había caído una suave lluvia. Comenzaba a hacer frío pero la noche estaba despejada. Todo fue muy rápido. Ráfagas de balas penetraron los cuerpos de los jóvenes trabajadores. Algunos cayeron sin gemido alguno, otros, con sus cuerpos convulsionados y sus ojos nebulosos, no podían impedir que sus vidas se escaparan por los orificios provocados por las balas asesinas. Sólo tenían frente a ellos un cielo estrellado que los esperaba en el infinito.
Nunca supimos sus nombres, algunos vecinos cuentan que se trataba de hombres jóvenes de aspecto humilde, tal vez trabajadores agrícolas, serían siete u ocho. El tiempo da paso a testimonios diversos. He escuchado que habrían sido detenidos cerca del puente de Lo Errázuriz, que venían a pie con sus bolsos de trabajos. Otros piensan que los traían desde fuera de la comuna. También se afirma que uno de ellos logró salvar su vida, que vecinos del sector le dieron protección y sanaron sus heridas. La noche del 11 de Septiembre de 1973 estremeció a la Patria, los estadios se transformaron en campos de prisioneros y el tableteo de las metralletas nunca se detuvo, ni en Cerrillos ni en lugar alguno de Chile.
Valerosos vecinos de Cerrillos no dudaron en intentar prestar ayuda a los caídos, ellos siempre guardaron el secreto de lo sucedido aquella noche en nuestra comuna.
Los años pasaron y a pesar del temor, cada 11 de Septiembre, hombres y mujeres generosos se unían en oración por el descanso de los asesinados portando una flor y una vela que ilumina sus recuerdos en nuestra memoria. Varios de estos vecinos, cercanos a la Capilla San Enrique y algunos otros que viven cerca del lugar del crimen, han dado ejemplo de amor al prójimo y Cerrillos deberá agradecer por siempre sus gestos llenos de humanidad.
Desde hace años nos convocamos para esta fecha, nos reunimos en
Nuevamente nos aprontábamos para iniciar una campaña municipal, pareciera que mientras más pequeña es la comuna, mayor es la intensidad, la emoción y la multiplicidad de experiencias pero sobre todo, mayor es el estrechamiento personal, la relación de afectos, no se conoce a los electores solamente, más bien se busca el apoyo del vecino que tiene un nombre, un apellido, una historia, un mundo propio.
Digo todo esto pues tengo en la memoria el rostro de Pedro Soto y de Flor su esposa, él un huaso alto, fuerte, de apenas 27 años, ella también es alta y maciza, ambos con sus rostros blancos y sus ademanes amables y casi tímidos habían llegado hace poco a Cerrillos. Ellos venían del sur, de la ciudad de Los Ángeles, emigraron a Santiago en busca de un mejor destino y también huyendo un poco de los líos familiares que rodearon su relación de pareja.
Arrendaban unas piezas en el sector de El Mirador, unos vecinos nos presentaron y rápidamente se estableció una buena relación, es cierto que estábamos en campaña municipal y llenos de cosas para hacer y organizar. Por esto tal vez, y así lo recuerdo, nos vimos solo una vez en esa época, fue para el cumpleaños de Pedro, al cual naturalmente llegué tarde, pero eso no impidió que los abrazos y la amistad estuviesen bailando junto a las guarachas, rancheras y cumbias. Era ya cerca de las Fiestas Patrias, a pesar del viento helado estábamos cómodos en el patio lleno de olor a carne asada.
Pasaron muchos meses sin saber nada de ellos ni de sus vidas, solo supe que habían dejado las piezas que arrendaban.
Fue en el mes de febrero que recibí un llamado de Flor , me decía que Pedro estaba un poco enfermo y que quería verme, me cuenta que había sido operado recientemente pero ella no tenía claro el problema médico. Contento al saber de ellos y preocupado por las noticias fui a verlos a su nuevo departamento ubicado cerca de
Nos abrazamos con alegría al vernos, recuerdo su mirada de preocupación, no sabía que ocurría al interior de su cuerpo, Pedro estaba flaco y demacrado, pero aún predominaba su aspecto fuerte de hombre trabajado en el campo, un poco doblado, con las vendas aún frescas que cubrían su estómago.
Me muestran los exámenes médicos el diagnóstico señalaba la presencia de metástasis en el hígado. Es decir un cáncer se había instalado en su cuerpo para no dejarlo más, diagnóstico tan claro como la inocencia de Pedro para entender lo que pasaba.
Todo esto llegaba cuando recién las cosas habían comenzado a mejorar, apenas un poco tiempo atrás había encontrado trabajo en una construcción y estaba feliz de sus piezas nuevas. En ese momento alguien tocó la puerta, escuche la conversación de Flor con la visitante, era la propietaria del departamento, el arriendo estaba impago desde hacía dos meses también se debía la luz, la plata estaba faltando.
El grupo de amigos y compañeros que me acompañan en mi gestión de Concejal, contábamos en aquellos días con una casa ubicada en calle Las Dalias y que nos era facilitada por un amigo para organizar nuestras reuniones y actividades, también contaba con un departamento separado que rápidamente ofrecimos a Pedro y Flor, allí no pagarían arriendo ni tendrían gasto alguno, para la alimentación ya veríamos en el camino, fue un alivio para ellos y por ello días mas tarde en mi camioneta trasladamos sus cosas hasta su nuevo hogar.
Mis amigos Patricio y Paola se envolvieron en cuerpo y alma, tomando de la mano a esta familia afligida para fortalecerla, quererla y dignificarla. Sin ellos nada hubiera sido igual ni posible, aunque todo lo que vivimos solo podemos recordarlo con un profundo estremecimiento, la cabeza se nos nubla de tanto dolor, de tanta impotencia.
Flor nos sorprendía con su forma de amar a Pedro, en todo momento atenta atendiéndolo, protegiéndolo, cuidándolo con devoción y amor.
Poco a poco Pedro intuía del destino al que le conducía su enfermedad, Pedro no quería morir “No es justo don Arturo me decía, yo no puedo morirme, no debo morirme, si apenas tengo 28 años, tengo dos hijas, mi Diosito no me puede hacer esto, es cierto que años atrás me boté al trago pero no es razón para que me pase esto”. Sólo balbuceamos malamente nuestro cariño y decisión de estar con él y su familia cualquiera fuese lo que pasara a futuro.
¿Qué podemos decir hoy? Si cada día era un trozo de su vida que se desplomaba por ese cáncer dispuesto a voltearlo. Pedro sólido como un roble, sin fallas físicas, veía instalado en la mitad de su cuerpo la sinrazón de su futuro de muerte.
Podemos recordar aquellas veces que lo condujimos al hospital inundado de sangre provocada por las hemorragias o tal vez recordamos cuando intentábamos conseguir la morfina que le calmara su sufrimiento y él nos llamaba por teléfono al hospital para implorar que le lleváramos rápido el calmante.
La historia de Pedro y de su agonía debiera ser escrita por algún escogido que guiado por alguna mano divina, pudiese transcribir tanta intensidad en tan poco tiempo, talvez el desarme que provocó en nuestras vidas repriman la intención de despertar lo vivido y las penas y solidaridades para contárselo a alguien que le interese.
El Pastor Esteban Orellana es uno de los hombres más bondadosos que he conocido por ello acudí a él para pedir su apoyo, y nos acompañara pues nos sentíamos sobrepasados, muchas veces sin saber que hacer o responder frente a las angustiantes preguntas y a la rebeldía de Pedro para aceptar la realidad, el Pastor Esteban, padre de una numerosa y hermosa familia estuvo con nosotros, su presencia y su palabra siempre justa y sabia nos inundaba, a Pedro y a todos nosotros de paz y serenidad en el cada día.
El tiempo pasaba Pedro se agravaba cada vez más, fue así que llegamos al 1ª de Mayo, día feriado en recuerdo de los trabajadores, me sentía muy agotado, necesitaba descanzar y dormir algo más. Esa mañana sonó el teléfono, era Flor quien llamaba, su voz llena de esperanza me dice que han encontrado una posibilidad de curación para Pedro “Don Arturo, me dieron una dirección de una señora que trata y mejora estas enfermedades, por favor si puede acompañarnos Pedro se siente mal y quisiera ir de inmediato”, era tal el timbre de voz implorante de Flor que no dudé y me dirigí hasta la casa de Las Dalias. Flor me señala una dirección escrita borrosamente n un viejo papel, recuerdo a Pedro que sufría violentos dolores en su cuerpo y así doblado en sí mismo lo subimos al vehículo. Buscamos una dirección que no conocíamos, deambulamos cerca de Gran Avenida, nadie la conocía, Pedro con sus dolores, Flor con sus esperanzas y yo confuso e impotente, así llegamos a una tenencia de carabineros, ellos fueron amables y compasivos con nosotros, nos orientan y nos señalan que estábamos muy lejos del lugar, que debíamos ir hasta la comuna de San Bernardo, allí estaba esa población, pero cuidado nos dicen, pues es un lugar difícil, el jefe de guardia se comunica con la unidad policial cercana a la dirección buscada y pide apoyo policial para que nos acompañe a ingresar al barrio donde vivía la persona que necesitábamos, con más esperanzas nos dirigimos hacia
No sé si rogué, imploré o insulté al oficial de guardia, quien entendía nuestra situación, en ese minuto aparecieron dos jóvenes carabineros que aparentemente terminaban su turno, estaban cansados, sin embargo al percibir la situación aceptaron de buena gana acompañarnos en la camioneta.
Las calles sucias, niñas en las puertas de sus casas, jóvenes repletaban las esquinas con aspectos de recién levantados a pesar de lo avanzado de la tarde, miraban con desprecio el vehículo, desprecio transformado en ironía y burla al identificar a los carabineros con sus verdes abrigos en aquel frió de marzo de 1997.
El ambiente de la población contrastaba con la limpieza que reinaba en la humilde casa de
Todo se desencadenó en aquellos días, Pedro se agravó ostensiblemente, las drogas disminuían su efecto, el robusto cuerpo y su fortaleza física luchaban contra ese maldito cáncer que no descansaba en su empeño de vencer la vida.
“Don Arturo yo los voy a proteger a ustedes cuando me vaya, no los voy a dejar nunca” nos decía en medio de su agonía. Su lucidez se confundía, ya casi no reconocía a las personas, ni siquiera a sus humildes padres que habían viajado desde el sur para estar a su lado.
Y así murió Pedro, con el alma extraviada, su cuerpo rígido y sumergido en dolores.
Fue trasladado al hospital, murió ese lunes cercano al final de mayo.
Siempre quisimos ofrecer nuestro amor a Pedro, quisimos y allí estuvimos muchos, Patricio, Paola, María Luisa, Natty, Kelly y otros, para que Pedro tuviera algo de alivio y mucho de dignidad en los últimos meses de vida.
Pero nada terminó bien, el velatorio lo hicimos en nuestra sede de calle las Dalias 70, adaptamos las oficinas para acoger a los familiares de Pedro y Flor que viajaron desde el sur.
Estas familias estaban marcadas por el conflicto y la odiosidad, la virulencia y la tensión estaban a flor de piel. Recuerdo la primera noche, la primera noche en que Pedro no sufría, allí rodeando el ataúd las discrepancias dieron lugar a los encontrones y a las palabras, alguien me informó de esa increíble situación, hice que se desalojara el lugar les pedí reunirme con ambas familias en
Pedro fue sepultado en ese ambiente miserable, recuerdo a sus padres, no se que será de ellos, me pedían que hiciera las gestiones para trasladar el cuerpo a su pueblo natal. Los Ángeles, Flor su esposa y parte activa en el conflicto no aceptaba dicho cambio. No hice nada, Pedro aún esta en el Cementerio de Maipú. Flor y sus dos hijos se fueron meses mas tarde. Nunca más supimos de ella.
Curiosa amargura que nos embarga, nunca nos sentamos a analizar el impacto de esa experiencia en nuestras vidas. Poco a poco este grupo se ha ido disgregando, esta y otras luchas humanas que hemos dado, seguramente nos han abatido lentamente, algo así como el cáncer que poco a poco extinguió a Pedro.
Tal vez en algún lugar de nosotros encontremos un poco de consuelo y fortaleza, es verdad que abrazamos y entregamos lo mejor de nosotros a Pedro y que nunca lo dejamos abandonado, sin embargo es cierto que guardamos un sabor amargo en la boca quisiéramos hacer tanto y somos tan pequeños.