La pasarela y una luz


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El Año escolar había comenzado hacia pocas semanas. La inquietud rondaba entre las madres de los niños que estudian en la Escuela 262 de la Villa México. Los pequeños debían cruzar la peligrosa avenida Américo Vespucio a la altura de la Calle Río Magdalena, y eso, era tarea obligada todos los días. Los apoderados habían hecho solicitudes al Municipio para instalar una pasarela que diera seguridad a los niños y niñas, sin resultados concretos. También otros grupos de vecinos realizaron movilizaciones para sensibilizar a las autoridades municipales: se habían tomado Américo Vespucio. Pero las respuestas continuaron siendo vagas y lejanas.

El temor existía y nadie dudaba que la tragedia se desataría en cualquier momento. Esto ocurre a menudo en nuestros barrios. Esa tarde de otoño, me sorprendió un vehículo policial que velozmente me sobrepasó mientras manejaba mi vehículo por Avenida Presidente Allende. Supuse que podría ser un asalto a algún Banco. Lo comenté con Alicia y Víctor que me acompañaban en aquel momento.

No tardé en percibir la desgracia que estallaba, me detuve. La gente se agolpaba en la carretera. Un pequeño cuerpo yacía en el suelo, otros, heridos, eran retirados del lugar.

Las vecinas llegaban numerosas. Se vaciaron las casas de El Mirador y Raúl Mazzone. No era sólo muchedumbre, eran madres indignadas, llenas de dolor que llegaban, eran niños acongojados y temerosos, era la pena, la rabia incompetente. Si todos sabían que esto ocurriría, ¿porque esperar? ¿A quién preguntar? La gente ocupó la calle. Se paralizó el tránsito. Elizabeth yacía rodeada de muchas madres que vieron en ella a sus propias hijas.

La policía hizo un intento de reponer la circulación del tránsito. Me sumé a los vecinos en la toma de la calle, no era sensato reprimir a madres que exigían gritar su dolor y denunciar la injusticia. No faltaron los golpes a las mujeres. A ellas no les faltó el coraje ni la decisión. Resistieron. Recuerdo haber conversado con el oficial de la Tenencia de Vista Alegre. Debían retroceder, no disolver ni reprimir, pues las consecuencias eran imprevisibles. Se logró el retiro de Carabineros. La gente exigía la presencia del Alcalde. Sin resultados. Una camioneta municipal se asomó a 500 metros del lugar. Dos funcionarios intentan dialogar, olvidando que no se tratara de una negociación cualquiera, era e1 dolor y la dignidad de esas muchas madres que se expresaba. Fueron expulsadas y corriendo a duras penas lograron saltar sobre el vehículo en marcha.

Esa tarde fue un duelo masivo, los medios de prensa se hicieron presentes.

El ambiente era tenso. Un oficial mayor de carabineros se hizo cargo del dialogo con los vecinos. Se alejaba momentáneamente el peligro de una reacción violenta de carabineros. Cerca de las 6 de la tarde don Raúl y la señora Marta, padres de la pequeña, me pidieron que acompañase a familiares para realizar las gestiones de rigor para el velatorio.

Una vez terminado este trámite, emprendimos la vuelta a Cerrillos. Fuimos sorprendidos por un ambiente irrespirable Eran las bombas lacrimógenas producto de una represión desmedida que se dejaba caer en el sector. El aire envenenaba las calles, las casas, los dormitorios, todo. Vi a ancianos con dificultades respiratorias. También hubo detenidos. La noche había caído y un extraño silencio se amparaba en todo el sector del Mirador I, Raúl Mazzone y Villa México. Carros policiales se ubicaron en distintos lugares próximos a la avenida Presidente Allende, la caletera Américo Vespucio, etc., .

Poco más tarde, de las calle húmedas por el agua y el aire cargado por los gases, surgieron poco a poco vecinas que se atrevían a encender velas en el lugar del accidente.

Grande fue nuestra sorpresa cuando cerca de las 11 de la noche, en momentos que un grupo cercano a las 80 personas rezaban el rosario, surge sorpresivamente desde la Villa México, un piquete de carabineros dirigiéndose en actitud violenta hacia el lugar en que nos encontrábamos. Pisotean las velas y empujan a la gente que reacciona con sorpresa, pues solo rezaban. Con temor, pero sobretodo con indignación, allí nadie retrocedió. Era una mayoría de mujeres. Recuerdo particularmente a mi amiga Kelly, quién no está más con nosotros. Ella me acompañó en todo momento, temerosa de los golpes que yo pudiese recibir de los enceguecidos carabineros. Es verdad, los golpes de palos dirigidos a las piernas de la mujeres llovían. La mujer es valiente cuando lucha por causas en las que ella cree firmemente, por eso tal vez el valor superaba al dolor de los golpes. La muralla humana seguía intacta y no retrocedimos. Un mayor de carabineros, hombre más sensato que el oficial que estaba a cargo del piquete llega al lugar y a viva voz les ordena replegarse hacia la Villa México donde los esperaba el bus policial. Siempre me he preguntado quien pudo ordenar un desatino semejante. Cada vez que recuerdo ese momento me siento lleno de orgullo por la valentía de ese grupo de mujeres que sólo intentaba orar por el descanso del alma de la pequeña Elizabeth.

Pero no todo terminaba allí. Los días siguientes fueron testigos de otros esporádicos enfrentamientos entre vecinos y la policía. También tuvimos que acompañar a la comisaría de Maipú a muchas madres cuyos hijos habían sido detenidos. En esas horas pasaban muchas cosas, grupos de jóvenes manifestaban y hacían quema de neumáticos mientras que en las poblaciones aledañas se organizaban colectas solidarias. Cosa curiosa de la vida, la pasarela por la cual tanto se había luchado anteriormente sin tener respuesta positiva de la autoridad, se instalaba a los pocos días. Mágicamente todas las dificultades legales, administrativas y financieras desaparecieron de un plumazo. Cierto es, Elizabeth no estaba más con nosotros.

Al evocar esos días, me emocióno al recordar que apenas 48 horas de transcurrido el accidente, las vecinas y los jóvenes del sector trabajaron reuniendo ladrillos y un poco de cemento para levantar una animita en el lugar de la tragedia. Han transcurrido varios años. Sin embargo, cada vez que usted pase por ahí, verá que nunca falta una flor y que el recuerdo de Elizabeth sigue vivo.

La despedida de Elizabeth fue sobre todo un vibrante acto de oración y de respeto. Fue un abrazo gigantesco y solidario a don Raúl, a la señora Marta y a toda su familia. Elizabeth conmovió a miles de cerrillanos. Por eso que también fuimos miles quienes acompañamos a la pequeña hasta el lugar de su descanso definitivo. Hoy miro hacia atrás, veo rostros de mujeres y jóvenes. Allí no hubo diferencias políticas, religiosas ni de ningún tipo. Sólo nos unió un profundo estremecimiento, dolor e indignación frente a esta injusta perdida humana.

Sí, hoy los recuerdo a todos. También guardo una frustración, pues recibí centenares de firmas de vecinos que solicitaban al municipio que la pasarela lleve el nombre de Elizabeth. Presenté dicha solicitud al Concejo Municipal. Sólo logré el apoyo del Concejal Rafael Díaz. No pude más. Por ello, perdón.


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    "«En mi comuna» recoge algunas experiencias de vida cotidiana que he conocido en mi condición de Concejal de nuestra comuna de Cerrillos."
    Arturo Aguirre Gacitúa
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